Pelando la cebolla


     Vuelvo del supermercado y se me cae una cebolla. Rueda por el piso la muy hijaeputa y se esconde debajo de un cajón de verduras. Buscaba la complacencia del ajo (su eterno enamorado), seguramente. Me arrastro humillada por el piso y descubro una banana podrida bajo mi mano, con un kiwi hecho moco a su lado. La cebolla estaba en una esquina, llena de pelos de gato y alguna que otra pulga. La saco, la pongo en la bolsa y me voy a mi casa.

     Pelo la cebolla, distraída, hasta la tarde-noche. Cuando me quiero acordar, otra que el pan y los peces. La cebolla se deja pelar hasta el infinito. En cada capa algo nuevo. Una mirada novedosa, una queja extraña. Vuelvo a la bolsa y agarro otra cebolla. Lo mismo. Capa tras capa igual. Me pongo frenética y empiezo a desgajar las entrañas más íntimas de la cebolla que no se deja. Pero siempre termino en el mismo lugar.

    La cocina está sucia. Mis manos cansadas, pero sigo pelando la cebolla. Todo para los supuestos comensales que en algún momento la comerán, la disfrutarán ad infinitum. Se hace duro. Termino aceptando que es un trabajo inútil pero lo hago igual. Pelo la cebolla, la noche pasa y se hace de día. Y yo...pelando la cebolla. Aquí estamos. ¡Coman, porque para algo trabajé toda la noche!  




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